El entrenamiento de la mente

Irina Garbatzky

 

 

Volver de un viaje es difícil. Borra la experiencia, la desagota.
Las formas propias que despaciosamente el viaje se esforzó por desarmar –esa sensación de libertad que da el anonimato en un mundo nuevo– reaparecen en los gestos y en la voz con la fuerza que tienen las marcas familiares. Cuando uno viaja se ilusiona con el recomienzo, con que los desafíos de la intemperie fuercen una transformación. Así, las personas tímidas de repente se vuelven extrovertidas, las rígidas, más flexibles. Mientras estabas afuera, eso ocurre, mientras estabas en casa, eso deja de ocurrir. Lo más hermoso de los viajes de a dos es cuando esa fuerza de lo familiar se descompone, aunque sean dos que se aman y conviven hace años, aunque sean padre e hijo, o dos hermanas, o dos amigas, los que viajan. Así aparecen las anécdotas o los chistes, tan difíciles de contar. Cómo viajar juntos: si me lo imaginara, no sucedería.
La teoría del viaje transformador la sostuve con bastante superstición durante un tiempo, ahora creo que la voy a reformular. Los restos de un viaje serían como los restos de un sueño y están en una especie de realidad paralela, de sensibilidad inmaterial.
La noche que llegué soñé con un Tiergarten rosarino tan exactamente igual al berlinés que en un momento empecé a dudar en dónde estaba. A lo mejor no había hecho más que recorrer lo conocido.
Pero eso, ¿no sería el lado b de la teoría del “borrón y cuenta nueva”? Lo único que existe es el sol débil del invierno y el fondo marrón de ramas secas. El paso por el cuerpo del paisaje.

 

***

 

Hay días en los que se levanta, alrededor de las cosas, una cortina de ansiedad. El deseo es una figura fuera de foco y yo, una chica miope intentando soportar la distracción. Hay pocas cosas que me distraen de verdad y me ayudan a esperar a que el deseo tome forma. Una vez que eso suceda, volverá el ritmo y la acción. Caerán lianas del techo y me llevarán de un lugar a otro de la vida. Es así. (Es la selva de La historia interminable. Una selva que crecía de noche, para compensar el desierto que asolaba a Fantasía.)
Para esperar en los caminos de la distracción es bueno rodearse de revistas. Me hacen tremendo bien, las revistas. Revistas de moda, de jardinería, de ecología, de arquitectura, de decoración.
Miro las fotos muchas veces, con una fruición bien infantil. Me desvanezco en las suculentas.

 

***

A veces pienso que hay una sola cosa sobre la que escribir. Una sola, nada más: el crecimiento y la transformación. Días y días y días en donde solo puedo pensar en las transformaciones de las plantas, del cuerpo o de la casa. Sentarme a pensar el mundo, pero en un mundo reducido, donde el sol pasa muy rápido de un punto a otro del cielo.

 

***

Una chica piensa que está embarazada. Una chica piensa que está embarazada y le vienen imágenes. Pastizales largos y amarillentos, árboles secos invernales, el viento los sacude y parecen capas color mostaza. Una chica piensa que está embarazada, su chico no lo sabe. Van a escuchar música. Suena una sinfonía de violín y vuelven los pastizales. No alcanza a imaginar una historia ni sabe qué le dice el pasto, qué le dice. ¿Por qué piensa en la vejez de las plantas? ¿Por qué en el color otoñal? Una chica piensa que está embarazada, está en el teatro, es un espectáculo municipal.
En el público hay señoras jubiladas y hay jóvenes estudiantes.
Los estudiantes se sentaron atrás, van de zapatillas. Escuchan a Mendelsohn como si fueran los verdaderos fans.

 

***

Lo detenido no existe, como el silencio. El profesor de música que en la clase cerraba las puertas, las ventanas, pedía a los estudiantes que no hablaran. “Hoy vamos a aprender qué es el silencio y el silencio no existe”. Y se detenían los estudiantes y en el aula repicaba el sonido del lápiz o el del zapato o el de la calle. En el sonido había más sonido, siempre había un poco más de sonido, porque incluso cuando no se oyera nada, se oía a alguien respirar. Ese silencio que se ansía o que asusta apenas es la posibilidad de ir abriendo puertas, como cuando en una ciudad las calles se multiplican. Estarse quieta es entonces estar un poco a la deriva.

 

 

 

Irina Garbatzky nació en Rosario, en 1980. Es escritora, docente de la Universidad Nacional de Rosario e investigadora del CONICET. Publicó los libros de poemas El entrenamiento de la mente (2020), Casa en el agua (2016), Huesitos (2012), Movimientos imposibles (2004) y el diario Medio metro cuadrado de coexistencia (2013). Es además autora del ensayo Los ochenta recienvivos. Poesía y performance en el Río de la Plata (2013) y compiladora de Expansiones. Literatura en el campo del arte (2013). El texto se corresponde a un fragmento de El entrenamiento de la mente, publicado en febrero de 2020 por la editorial Ivan Rosado.

 

 

 

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