El hermano

Cornelia Zambila

¡Por supuesto que lloró! ¡Por supuesto que sufrió! ¡Por supuesto que falleció!

De nosotros dos creía sinceramente que él sería el que lo lograría. Él siempre fue el sabio, esto se podía observar enseguida, incluso por la manera elegante en la cual levantaba la patita derecha de atrás para marcar un auto. No solamente esto, pero resultó que justo esos eran los autos más buscados por los perros mayores, los machos alfa que creen que todo les pertenece. Esos desgraciados… aún recuerdo cómo nuestra madre -que Dios perdone su alma- les tenía tanto miedo que debía ladrar y ladrar como si fuese un pastor alemán para que la dejasen en paz; mientras tanto nosotros estábamos chillando atrás de ella.

No tuvimos nunca realmente la suerte de comprender para qué sirven los autos y cómo los pueden poner en movimiento los seres humanos cuando van adentro. Por lo cual probablemente los autos eran (y para muchos perros, hasta para los desgraciados machos alfa, siguen siendo) una gran fascinación. A veces esperaríamos horas y horas a que un auto que tuviese una velocidad razonable nos pasara por delante para que nosotros nos aventurásemos con nuestras vocecitas mostrando a mamá que también podíamos detectar una amenza y espantarla.

En los meses siguientes tuvimos la cuestionable fortuna de familiarizarnos más de lo que queríamos con lo que es un auto y su funcionamiento. Hasta me atrevería a decir: obtuvimos una perspectiva tan desde adentro del asunto que en nuestra comunidad de origen nos hubiesen llamado “expertos”. Aun si para mí “comunidad de origen” siguió existiendo; cuando pienso en esos momentos y me acuerdo de la triste, sosegada resignación de las lágrimas de mi hermano me estoy dando cuenta más y más de que él lo supo. Pudo ya intuir que eso no iba a existir más: “comunidad de origen”. Quizás por los gritos entusiastas de los nenes que corrían rumbo al auto a despedirse o el tono categórico del chofer cuando estaba discutiendo sobre el camino o hasta por los comentarios casuales de la persona que después aprendí que se llamaba Esposa. Ella estaba en el auto. Su hijo también. Estaban en el auto juntos. En familia.

Pero aún no llegamos a la imagen más espeluznante: en los mediodías eternamente quietos y densos del pueblo, cuando tengo que mantener mi sagrado deber de ladrar a cada auto pasando del otro lado del cerco (aparentemente aprecian mis méritos en esta arte, en la cual llegué ya entrenado gracias a mis meses de infancia en las calles de Bucarest), me acuerdo de mi madre corriendo desgarradoramente y ladrando al auto dentro del cual estábamos encerrados y donde yo escucharía por última vez el ladrido de ella o el de mi hermano.

 

Cornelia Zambila (Bucarest, 1988) es compositora y artista interdisciplinaria. Ha escrito ensayos, cuentos, poemas y obras de teatro. Sus textos recientes exploran perspectivas diferentes de la realidad, desde la visión de la enfermedad mental hasta la de animales y de recuerdos personales de infancia.

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