El registro como desvío: Parque de las ruinas de Marília Garcia

Luciana Irene Sastre

(Parque de las ruinas de Marília Garcia. Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Mandacaru Editorial, 2020)

Planear

Hay libros que inquietan de un modo singular. Es un comienzo que podría decirse cursi, pero yo no creo en eso. En todo caso, sé que ocurre con frecuencia en ocasiones vinculadas a escribir. Ahora es porque he entrado en tal profundidad durante la lectura que me ha parecido, por momentos, que era mi libro con nombre ajeno, algo que perdí. Así de hondo me ha tocado, me ha raspado la garganta, hasta me ha cortado el filo de la hoja por pura autorreferencia. Pero escribo lo que sigue después de haberlo leído, y agrego esto en alguna de las sucesivas lecturas tanto como Marília Garcia busca el poema en la práctica del ensayo mientras marca secciones autobiográficas. El texto vuelve hacia sí, la autora vuelve hacia sí, yo leo y retorno a mi propio acto.

Al principio me pareció divertido porque estuve en el Parque de las ruinas cuando pasé por Río de Janeiro después de casarme con Sebastián. Llegamos al lugar sin saber qué era, solo merodeando por Santa Teresa, absolutamente extasiados por ese lugar, esa temperatura y los pájaros negros, de dos tipos, de los que habla Nuno Ramos, planeando sobre nuestras cabezas. Quería perdurar, quería recordar cada paso, tenía ya la ansiedad de saber que olvidaría muchas cosas mientras las estaba viviendo. 

Suele pasarme que empiezo a planear un sistema de ahorros para volver a ese lugar donde estoy planeando el sistema de ahorros. Es una forma ridículamente económica de evitar el paso del tiempo, de medirlo para hacerlo retornar, para saber que voy a repetir, es decir, asegurarme la posibilidad de ser dueña de mis espacios en tanto pueda estar ahí otra vez.

Sin lugar a dudas, el libro de Marília Garcia podría ser leído, es de hecho, en parte, un diario de viajes. Y tiene la forma de las ansiedades y las instrucciones para darles eso que piden: sitio. Porque si algo nos pasa a las personas ansiosas es que la respuesta al síntoma supone que no tiene sentido anticiparse. Por mi parte, en cualquier caso, se trata de dar sentido, de modo que tal vez le doy la razón a la respuesta habitual pero la trampa está en que sin la ansiedad tampoco hay sentido. 

Viajar

Marília Garcia usa las imágenes para resolver los huecos en la experiencia del espacio. Podría compararse su escritura con el trabajo de paisajista, claro pues, trabaja con las hojas: escribe en versos, administra las cesuras, inserta pequeñas escaleras. Todo el entorno de la página tiene un peso, no es un blanco ni un ahuesado como suele decirse del papel. Es un material cenagoso, como yeso fresco que guarda las formas por un rato, blando, y las deja desaparecer, petrificado. Aplicado a un muro, con el tiempo, se hincha por la absorción de la humedad. Dicho esto, la escritura parece escultórica.

Recuerdo, de otra ocasión, no poder sacar fotos; no podía mirar, elegir, querer algo de lo visto. El cielo era otro, y esto es así como lo digo. Los tiempos del cielo eran absolutamente otros, la lluvia era una especie de aparición, no lo aceptaba, y volvía completamente empapada a mi cuarto en el tercer piso de una preciosa casa holandesa. 

No solo el cielo y la lluvia, como Marília llegué a otro lugar gracias a una beca. Y ahora que lo pienso, siempre parece que se sabe por qué alguien llega a ciertos lugares, porque presentó un proyecto. Sin embargo, ese plan es de otro lugar, y el traslado parece vaciarlo, colapsarlo. Aun así, nos damos una serie de instrucciones después de acomodar la valija y de a poco parece que todo vuelve a coincidir. 

Preguntar

Años después, participé de un simposio en el que presenté un texto que intentaba parecerse a parque de las ruinasen el sentido de que hablaba de un artista brasileño. Me hubiera gusta tener en esa oportunidad, estos versos de Garcia, es más, me hubiera gustado poder decir “Pero aquí no pienso en los textos críticos / pienso en las galaxias”.

En lugar de una ponencia, escribí en verso para un simposio –¿se puede escribir una ponencia en versos?–. Quizás ese texto haya sido pésimo, puede que no haya llegado a nada –aunque recibí unos mensajes alentadores privadamente–, no puedo juzgarlo; sí se parecía en la pregunta por el poema y el ensayo que Garcia explora, cuestión que además está en el libro del artista que yo trataba de expresar pues dice ¿materia o lenguaje?; también se preguntaba mi objeto de estudio si podría existir un lenguaje de árboles para hablar de árboles. Entonces, mi problema era cómo podía hablar de una obra que me dejaba sin aliento con solo verla en la página web del artista, por eso pensé que los versos hacían lugar a mi falta de aire, a mi lectura apneica. 

La autora pone el poema a prueba en una serie de tests, “¿el texto deja de ser poema por ser un libro de ensayos?”, o hay que dejar de llamar poema a un texto ensayístico. Efectivamente, los poemas de la serie que compone ese capítulo siempre comienzan con el título “testear…”, y como en una performance, esa recurrencia de la palabra intensifica el acto que nombra. El objeto de referencia es el tubo de ensayo, y la sucesión de experimentos monta un laboratorio poético con el diseño de las fantasías infantiles de la ciencia, pero también de los imposibles posibles genéricos:

montaigne dice que no quiere ensayar nada

(finalmente que sais-je? Pregunta)

montaigne dice que quiere “contar”.

Luego se repite el vaivén desde una sencillez que siempre se siente familiar, como ver ahí fuera los propios pensamientos, hasta la complejidad de un ensayo que pone en el tramo del verso la sensación que producen algunos textos teóricos como los de Walter Benjamin o los juegos del poema en acto de Charles Bernstein traducido por Haroldo de Campos. La sensación de saber que tanta lucidez duele, hiere. 

 La autora delicadamente se pregunta por los límites del poema cuando se quiere escribir un ensayo o viceversa, por sus pertenencias y sus pertinencias, comenta y repite experimentos con los que quiere dialogar y ensayar, como si fueran reglas, instrucciones o manuales. Se podría, con esta información, hacer esquemas como los de Rosalind Krauss en su indagación acerca de la escultura. Casi al final, la imagen del tester es la balanza; pesa la materia escrituraria. 

El trabajo que hace es, de a poco está siendo, una extensa pregunta por el tiempo. El poema es su materia mensurable, y el tiempo es un corte artificioso accionado por un cronómetro, o más exactamente, por su alarma. Finalmente, lo que de-termina al poema es la voz, tal vez el aire: leído en voz alta es la estridencia de un sonido programado para dar la instrucción de callar. Fin del poema al que se adhiere un deíctico: esto es un poema, resultado de una operación de tiempo y sonido, en consecuencia, se acabó el tiempo.

Agua

Marília Garcia analiza su escritura. Es de una belleza que no puedo transmitir, no sé decir si es sencilla o terriblemente inaccesible. Cada verso me pone en un tubo también a mí, y mis posibilidades giran duras como en un ejercicio caleidoscópico. La sensación es tan melancólica, como de haber llegado hasta aquí sin saber nada, porque los poemas quieren un saber, pero también como si pudiera bucear, de un momento a otro, sin entrenamiento, por pura e innata facilidad, exhibiendo que no hay nada que aprender. Lo atribuyo a algo que parece conocido, a una serie de coincidencias.

Más aún, hacia el final, el texto refiere una anécdota entre performance y embarazo. Y yo leo aquí, en el cuarto de mis bebés de apenas 8 meses, meses que llamo mesecitos porque me siguen naciendo y todo corre en diminutivo. A Marília le preguntan cómo haría para performar con panza pues estaba embarazada en ocasión de haberlo anunciado, y yo vivo hace 8 meses preguntándome cómo haré para escribir algo. Ellxs respiran suave detrás de mí, una siesta de veranito cálido, acompasadamente puedo escribir, un día perfecto. Parece mi propio test del tiempo y el lugar, y me surge la pregunta por cuán autobiográfica es una reseña, o cuánto de una misma es necesario contar a propósito de ciertas lecturas en determinados momentos. Garcia ordena estos términos (escritura, mundo, soledad, sí mismx) de otro modo en una de sus pruebas: 

la historia de los ensayos de montaigne es conocida:

él se retiró del mundo

siguiendo la tradición humanista de reflexionar en soledad

y fue a vivir en las propiedades de su familia en bordeaux

para escribirse a sí mismo

Pasear

Por cierto, en estos días, Sebastián estuvo viendo y analizando una obra presentada en el 38oFestival de otoño de Madrid en el marco de la dramaturgia transmedial, más precisamente, el capítulo V de la obra que se titula El libro de Toji, de Antonio Rojano, dedicada a la historia de un hombre que tiene su mismo nombre, detenido en el campo de concentración de Orduña durante la Guerra Civil Española. También es la historia de un viaje hacia ese cuerpo, esa memoria, ese lugar que hoy es escuela y donde se exhumaron los restos de unos pocos cuando se sabe que son cientos de desaparecidos. El actor, en nombre del autor y aclarando que entra en el personaje, abre su archivo al espectador virtual mediante el recurso de compartir pantalla para mostrar las imágenes. Por casualidad, Seba y yo estamos estudiando obras similares.

Mientras me cuenta, antes de que yo vea el video, le digo que leí, no recuerdo dónde, que durante la Segunda Guerra Mundial hubo aviadores que vieron los campos de concentración pero no sabían qué eran, entonces, no vieron en realidad. No recuerdo bien, lo hablamos durante un paseo con los bebés, al atardecer, que es un horario difícil para ellos porque están ya cansados, y nosotros también, pero necesitamos que se duerman un poco más tarde, más cerca de los horarios en que dormimos aquí, para llegar a las 7 de la mañana del día siguiente. Pero es fácil recuperar la información un rato después ya que solo estoy leyendo este libro que tiene fotos. Y ese esfuerzo es el que me ayuda a pensar en la fuerza de esa reflexión sobre las imágenes, en esos vuelos de la muerte a su modo, pues allí abajo morían y morían, casi como si los hubieran empujado desde la altura. 

Cielo

Conseguí este libro mediante una compra colectiva que organizó Gabriela Milone. En el contexto de la pandemia, hay una forma de envíos que funciona muy bien, y así fue. Empecé a leer sin referencias, en realidad no había prestado atención ni al título hasta que lo tuve en las manos y me sorprendió el hecho de no haber asociado antes con nuestro viaje. Y como dije, si la primera coincidencia tiene que ver con los recorridos, a mí me conmueve particularmente la posibilidad de volar, el cielo es el gran anhelo. Como la ansiedad, cuando estoy volando y todavía no llegué al lugar hacia el que voy, todo se desorganiza, pero esta vez es lo que me hace feliz. En este sentido, me caigo dentro del libro porque comienza con imágenes microscópicas de lágrimas de la obra de Rose-Linn Fisher, que se parecen mucho a como se ve la tierra desde la altura, sin embargo, como dice Garcia, registran instantes. Tiempo y espacio, materia o lenguaje. Poemas, ensayos, autobiografía y crónicas, género este último que además de ser una vértebra de los viajes, es, siempre me ha parecido, el más performático de los géneros escritos. 

Luciana Irene Sastre enseña Lengua y Literatura en una escuela secundaria, y es docente de Literatura Latinoamericana en la Universidad Nacional de Córdoba.  Co-dirige el proyecto de investigación “Archivos de la modernidad latinoamericana: escrituras contemporáneas de la teoría, la crítica y la literatura” y participa del proyecto investigación y creación artística “Escrituras performáticas: cuerpo y acción efimerodramas” en la misma universidad.  

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