Alegre historia de un nadador

Daniela Martín Hidalgo

 

Después del episodio del nadador, decidí tirar a Andreas al canal. Quedé con él un sábado a las dos y media frente al Museo del Dinero y, cuando estuvo cerca del borde, lo empujé con suavidad a la parte más profunda del agua, allí donde los patos van a comer. Sobre su cabeza sacudí los restos de mapamundi plastificado y una lata de m&m’s, para que supiera bien dónde estaba y no le faltara de nada. No gritó ni dijo una palabra, se quedó ahí tieso, mirándome como una boya clavada en la capa espesa y verde del agua. En zonder iets te zeggen, yo me froté las manos, salté sobre la bicicleta en marcha y volví a casa. El Caballo y Hermana me esperaban acabando de cocinar una enorme olla de pollo tikka masala (el Caballo acababa de dejar de ser vegetariano). Me sentía rabiosa y ridícula aunque no conseguía llorar. Probé el decúbito supino sobre la moqueta pero desistí: me estaba quedando fría y aquella no era la posición más adecuada para la tristeza.

Comimos en la mesa grande del comedor y el Caballo se manchó las manos al rebañar con pan el plato. Ahora no quedaban excusas para no ponerse en marcha. En primer lugar, tendría que asumir la muerte: no la de mi madre, ni la del perro, sino la mía propia. Luego, asumir la inexistencia de lo que no es (por supuesto, mi historia con el nadador, a quien probablemente no volvería a ver nunca más) en forma de grieta que lo come todo. Si asumía que había fracasado, no una vez sino muchas o radicalmente desde el principio, lograría por fin dar por finalizado algo.

 

Porque, ¡qué muchacho el nadador! Vimos a un tipo a las siete de la mañana, en el metro. Llevaba unos pantalones de camuflaje impermeables sujetos con unos tirantes de goma negra y unas botas. Seguramente el hombre iba a pescar salmonetes; era un jueves o algo así y lo único que le faltaba era la caña de pescar. El metro estaba atestado de oficinistas.

Al nadador lo había encontrado en un salón de pedrería, una habitación tan oscura como el interior de un costurero y donde se iba a bailar. La columna de aire acondicionado apuntaba directamente a mi cogote y las uñas de porcelana de las camareras rebotaban contra el mostrador marcando los segundos para que se hiciera de día. El muchacho estaba bebiendo agua de Valencia para el dolor de muelas. Por su pinta, era evidente que estaba tratando de respirar fuera de la cubeta, que estaba a punto de soltar las escamas (tenía unas enormes y preciosas agallas marcadas en la parte superior de la espalda) pero que aun sí había cosas que intentaba entender.

—Entrego coronas funerarias —fue lo primero que dijo—. Las sazono y después las entrego. Tengo dificultades para pronunciar la palabra “pajarera”.

 

Las coronas funerarias eran pizzas pero él era un nadador de larga distancia, un triatleta, y había leído muchos párrafos de libros de leyes. Me dijo que su padre tenía una escolopendra azul en la biblioteca que le fascinaba. Pensé que me gustaría entrar con él en la cubeta. En realidad, estaba confundida por el alcohol y las otras sustancias así que ahora no sé si lo recuerdo bien del todo. Más que en mí, estaba más interesado en la bailarina cubana, puesto que era pequeña como una muñeca y cuando giraba sobre sí misma brillaba como una especie de lámpara de colores. En realidad, mi nadador era igual a todo el resto de muchachos, un arquetípico y eterno nadador de ojos azules a punto de hacer pie en su propia cubeta.

 

¡Qué muchacho! Era precioso, en el sentido de un metal delicadamente acomodado dentro de una roca y a mí me habían empezado a crecer ya patas de gallo: mi primer fin de semana de menopausia. En otras palabras, había decidido empezar a hacerme cargo.

Entramos juntos en el metro atraídos por el mármol naranja y la luz eléctrica. El químico de labio leporino se quedó en la parada de taxis repitiendo “óxido de azufre, óxido de azufre” y caligrafiando nuestros nombres en una libreta. Después de toda la noche siguiéndonos, por fin habíamos conseguido darle esquinazo. En el subterráneo nos tumbamos a observar la cubierta de pvc. Desde algún punto surgía el sonido de un violín desafinado y hacía frío, así que le mordí la muñeca al nadador. Era zurdo: su sangre muy líquida y caliente me chorreó por la barbilla. Se puso en pie y se acercó para que le diera un beso contra la máquina de churros de pescado. Sentí su olor, toda su energía, pero su boca no se ajustó. Quiero decir: su calavera simplemente me midió la mandíbula como si se preparase para soplar hacia dentro. ¡Era ahí, era en su boca! En la boca tenía una edad mucho más avanzada, algo que ya había empezado a endurecerse.

¿Dónde estaban mis patines? ¡Hubiera bailado por los andenes de toda la línea seis y la línea siete con tal de gritar lo que sabía de mi nadador! Los revisores no darían crédito, sería una vergüenza para el transporte público y los monumentos de la ciudad, las siete de una mañana laborable y aquel muchacho y yo lamiendo juntos el cristal de la máquina de palitos de pescado. ¡Lo amaría! Pero solo un poco, con él podría darse un poco más de cuerda a este museo. Antes de que él mismo encontrara su puesto de funcionario de aduanas o se sentara en un sillón de orejas a ver a sus nietos jugar.

Del trayecto en el cohete recuerdo muy poco, que hicimos un único transbordo y que al salir a la superficie los poros se nos llenaron de golpe de horchata. Él me cogió la mano (ahora era yo quien estaba sola dentro de la cubeta) para guiarme por aquella calle con bancos a los lados. ¿Te imaginas? En aquel momento, el sol ya tenía una edad respetable y en el hueco del ascensor de su edificio vimos a tres obreros de piel oscura vestidos con monos de trabajo. Se habían levantado muy temprano para colocar baldosines en el portal y ahora estaban descansando al fresco junto a su bocadillo de sepia.

—Goedemorgen.

—Goedemorgen —respondieron.

 

Yo le seguía, mientras me llevaba de la mano.

—Tengo muchas ganas de que veas mis pájaros.

Dijo “pájaros” y lo dijo bien, sin ningún error de logopedia. Pensé que los pájaros estarían en un jaula junto a su lecho y que a lo mejor yo le enseñaría a hablar en algún otro idioma.

—¿Te gustan los pájaros?

—No —respondí—. Hermana suele traerme un par de huevos de avestruz al año. Ahora está a punto de parir su propio huevo: se llamará Rogier. El Caballo y ella están muy contentos, la casa se llenará de cunitas.

—Ja ja —rió, a punto de que se le desbarataran todos los dientes.

 

Había que subir hasta lo más alto, escalar torreones hasta llegar al tejado. Las escaleras se agrupaban como terrones en vertical y yo me sentía como una novia de Chagall. Para que no pudiera volarme, él había enganchado mis pulseras a la estrella tatuada en su muñeca pero empezaba a dolerme el cuádriceps, así que imaginé a Hermana colocada sobre un par de huevos como melones a la espera de que se abrieran. En el rellano cruzamos un par de ventanas con visillos y su habitación (“Esta es mi habitación”, dijo, y sólo tuve tiempo de ver un cofre gris de madera colocado en el suelo) y aún subimos un nivel más.

 

Ahora sí que estamos arriba: el suelo es de terrazo rojo, los tímpanos me pitan y el auriga de piedra del edificio de enfrente se columpia desatado de alegría sobre la ciudad. Veo un monolito hexagonal hecho de malla de alambre con un tejadillo a dos aguas, una especie de cabina telefónica de color verde con un árbol seco dentro. Mi nadador se acerca y pega la cara contra el alambre, los dedos entre la malla:

—Aves —dice con una voz teatral—, esta es mi amiga. La he traído para que podáis verla.

 

No había palomas pero tampoco sé los nombres de los pájaros que había. Lo de los avestruces debía de ser un nombre genérico, porque no se veía a ninguno. Yo observaba los dientes del nadador, la nuca que asomaba blanca desde el cuello de su camisa, el eje de sus hombros. Era muy pequeño de cintura. No habíamos dormido pero no teníamos sueño. Y el ambiente estaba despejado: el aire, la luz, el sublime y prístino canto de los pájaros… Todo excepto el suelo de la pajarera, cubierto de una tormenta de esculturas de guano grisáceo.

Me acerqué a él y metí los dedos entre su pelo. Era duro y áspero como de esparto, pero tan espeso que no había forma de tocar el cuero cabelludo. ¡Qué muchacho! La quemadura de la plancha en la piel de mi antebrazo se arrugó como un papel en llamas, por su presencia o por el viento frío que aún soplaba, yo con mi piel de gallina allí al lado de los pollos, aquel nadador bello como un san Sebastián junto a una cabina verde. Las voces de los obreros ponían en marcha en ese momento la maquinaria del ascensor:

—Neem ‘t maar naar boveeeen.

—Jaaaaaa.

 

Como en las películas, pensé que era el momento de besarlo y tal, pero el nadador se agachó y tomó del suelo una hoja de periódico que se había atascado en una esquina de la jaula. Apoyado en la baranda de espaldas a la pajarera, lo cortó en forma de cuadrado y armó de memoria una paloma de origami; después, me la entregó.

Mientras observaba el movimiento de las alas del bicho, el nadador se quitó la camisa, el pantalón, las dos esclavas de cuero y abrió el pestillo que cerraba la puerta de la pajarera. Entró a la cabina con la punta de los dedos de los pies, como quien entra en una piscina y, entre el aleteo desordenado de los pájaros, se abrió paso entre el suelo cubierto de excrementos. Empezaba a sentirme ansiosa y con ganas de que acabara aquel ritual y bajáramos por fin a la habitación a dormir.

Sólo que el nadador se agachó de nuevo. Cerró los ojos y, súbitamente, tal vez agotado por el esfuerzo mismo de crecer, en mitad de aquel tapiz de cacas de pájaros se hizo una bola de carne y, en menos de medio minuto, se quedó frito. Lo oí roncar tranquilo y reposado y los pájaros volvieron a apoyarse quietos a lo largo del tronco del árbol.

No dije nada. Me di media vuelta y me alejé de puntillas para no despertarlo. Bajé las escaleras, me despedí de los obreros y, como a Andreas después de lo del canal, ya no volví a verlo más.

 

 

Daniela Martín Hidalgo (Lanzarote, 1980) es licenciada en Filología Hispánica (Universidad Complutense de Madrid) y master en Cultural Studies (Universidad de Leiden). Ha publicado los libros de poesía La ciudad circular (2003), Memorial para una casa (2003) y Pronóstico del tiempo (2015). 

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