Mi noche con Chico Buarque

Gabriela Lotersztain

 

Si no hubiera sido por esa canción, nunca hubiera existido Chico Buarque. Tenía quince años cuando la escuché por primera vez. Estaba en Río, donde los hombres me miraban con el sexo en los ojos. Las plantas trepadoras crecían hasta la cima de los morros. La canción se llamaba “Sentimental”. Decía: “Façam muitas manhas Que se o mundo acabar Eu ainda nao fui feliz”, Hace muchas mañanas Que si el mundo acabara Todavía no fui feliz.

Buarque me estaba mandando un mensaje cifrado. A partir de ahí, apaixonei. Todo lo que hacía se lo dedicaba a él. Mientras me duchaba, pensaba si también estaría duchándose en su casa de Gávea. Después empecé a soñar con cada uno de los fotogramas de nuestra película. Bailando abrazados mientras Caetano cantaba “Let’s face the music and dance”. Él susurrando a mi oído “De qué callada manera se me adentra usted sonriendo. Como si fuera la primavera y yo muriendo”. Mirando salir el sol sobre el morro de Arpoador. Caminando, enlazados por Ipanema. Y su sonrisa, esa sonrisa tímida de amante. Esa sonrisa de artista.

Creo que solo el propio Buarque conocía su obra mejor que yo. Todas las letras, todas las músicas, todos los sentidos de todas las palabras. ¿Qué quiso decir?, me preguntaba una y otra vez. Insomnios por él, para él. Tratando de descifrar los silencios de su voz. Las tonalidades, las temperaturas. Pronto llegué a saber cuándo venía el staccato, cuándo la respiración se volvía más afiebrada, cuándo la garganta se tensaba casi al quejido enronquecido de macho carioca. Porque la voz de Chico no era puro amor, como la de Caetano. Era un misil de sexo en la noche tropical. Una molotov de pasión y amargura. Pero lo que más me gustaba era cuando Chico dramatizaba el encuentro con el otro. Y vuelvo a “Sentimental”: “Surja um outro alguém do sexo oposto Do sexo oposto, outro alguém”, Surja otro ser del sexo opuesto Del sexo opuesto otro ser. Era como la muerte de una estrella, como el final de un eclipse, la pleamar borrando la arena. Modular la pasión en música, transformando en canción la guerra de los cuerpos mareados del deseo.

Enlazar ese beso con el rasgueo de la guitarra. Tan triste como un amor, no correspondido. Chico canta el dolor de la saudade las penas de amor que el tiempo no sutura, que solo desdibuja en nuestra memoria. Esa mujer y ese hombre, en un movimiento de araña que avanza y retrocede.

Chico era todo a la vez: irresistiblemente hombre y sugestivamente femenino. Dispuesto a usar la testosterona cuando hiciera falta. Y al mismo tiempo, tan dulce.

¿Cómo se enamoraba a un hombre así? Esa pregunta me tuvo despierta tantas noches que tuve que tomar Aplacasse para dormir. Un sedante para una duda ancestral. Una pregunta que miles de mujeres se hacen, antes de acostarse. Cómo, por dios. Cómo. Buscar la clave en la Cosmopolitan, las siliconas, el último modelo de Claudia Larreta. Millones invertidos en el rouge de Lancôme, que deja la boca símil mojada. ¿El perfume de té verde o el almendrado? ¿Las botas hasta el tobillo o los tacos aguja? ¿El pelo a la garçon o la cascada arropando los hombros? Pero Chico era un intelectual de izquierda. Así que quizás no le importaban esos detalles. Tal vez prefería a una maoísta o a una marxista leninista o a una trotskista, sin pintura. Una chica preocupada por la opresión de los oprimidos y la explotación de los explotados. Una lectora de Sartre, Camus y Paulo Freire. Una anteojuda de boina y batik. Anticonceptiva, decía yo. No, no podía ser que a Chico le gustara. A lo mejor era justo al revés: a lo mejor le gustaban las muñecas rubias inflables con las divinas proporciones de la publicidad.

Chico se había casado muy pronto con Marieta Severo, una actriz brasileña. Ella le perdonó sus historias con otras y su romance irredento con el alcohol. De chica escuché que una vez había venido a la Argentina y no lo dejaron bajar del avión de tan borracho que estaba. Yo tenía otra teoría: que a Chico el vino le agravaba su tristeza congénita y eso lo hacía más hermoso, más sensitivo, más poeta. Porque él era inseparable de ese penar errabundo que aureolaba sus ojos, sus pestañas melancólicas. Tan atormentado. Que daban ganas de curarlo, de hacerlo pensar en otra cosa, reír. Yo estaba segura de que no había elegido sufrir, que lo vivía como una bendita maldición y me acordaba de Cazuza, que en una carta a una amiga decía que tenía miedo de ya no sufrir y perder la inspiración. Una prueba más de que los artistas son todos masocas. Uno de mis novios decía que Chico tomaba cocaína. Podía ser. Yo estaba segura de que la realidad y Chico no simpatizaban. Bastaba con escuchar “Carioca” para darse cuenta: “O poente na espinha Das tuas montanhas Quase arromba a retina De quem vê De noite Meninas Peitinhos de pitomba Vendendo por Copacabana As suas bugigangas Suas bugigangas”, El puente en la columna vertebral De tus montañas Casi rompe la retina De quien ve De noche Niñas Pechitos de pitomba Vendiendo por Copacabana Sus bagatelas Sus bagatelas. Eran dos dolores: uno por desamor, el desengaño, la traición, y el otro por la miseria de los que no llegaban a los dos dólares por día, por el poder haciendo y deshaciendo a su arbitrio, por el dogal de la injusticia que amorataba el cuello de tantos brasileños. Chico era otro Cristo de Rio de Janeiro, pero su corazón no era de piedra. Latía el ritmo de la agonía de los otros.

Había cierta clase de canciones, las de carnaval. Ahí Chico se ponía casi feliz, y el ritmo se volvía más tachín-tachín. Pero siempre dentro del estilo Buarque. Al mismo tiempo que celebraba la orgía irrefrenable, entreabría la puerta de la melancolía del cotidiano, como en “Sonho de um caranaval”: “Carnaval, desengano Deixei a dor em casa me esperando”, Carnaval, desengaño Dejé el dolor en casa esperándome. El carnaval tiene su miércoles de ceniza, y la morena que ayer danzó tomada de nuestra mano, mañana ni sabrá que su cuerpo se apretó contra el nuestro hasta cortarnos todo el aliento. Verdad que para Chico el carnaval era como un pulmotor. Sin él, la tristeza lo hubiera desmembrado. A eso le cantaba: a esa locura compartida que era, quizás, la única locura que llevaba en sí su santo remedio.

Las cosas se pusieron más espesas cuando me dio por fantasear con Buarque a toda hora, en todo lugar. En el colectivo, apretaba fervientemente las piernas para detener las humedades que reptaban por mi piel. Estaba perdida, enamorada hasta las pestañas, hasta las ojeras, hasta la raja del clítoris. Pensaba en todas las posibilidades: que Chico no me quisiera, que Chico sí me quisiera, que me propusiera casarnos en alguna iglesia de Copacabana, que me abriera la puerta de su casa y no nos despegáramos nunca más, que se tomara un avión para darme el beso de mi vida. El beso de Chico. Me lo imaginaba distinto cada vez. Un beso hasta la garganta, una desfloración boca a boca. Y de nuevo, venía a mí Cazuza: “El beso es la primera vez que uno entra en la persona. A veces, cuando beso a alguien, se me para”. Divino Cazuza: “Você tem exatamente tres mil horas pra parar de me beijar”. Y yo divagaba, deliraba con un beso que durara tres mil horas, y otras tres mil, y otras… O si no, un beso tímido, tan tímido como Chico. Casi pidiendo permiso para meter su lengua en mi boca. O un beso de labio a labio, con los labios cerradamente secos. Claro que estos últimos no me estimulaban demasiado, más que como un preliminar para un beso tan lleno de saliva como los años que había pasado esperándolo. Podía ser que Chico fuera un poco cohibido al principio, pero esos son los mejores amantes. Porque cuando se sueltan, te parte al medio como un brie. Aunque los que te agarran por atrás y te muerden el cuello, la oreja y la nuca y te meten la lengua hasta la tráquea, también me gustan. ¿Será que todos me gustan? Pero volviendo a Chico, después del beso yo no sabía bien cómo seguir. Mi fantasía titubeaba… Rodando por el suelo, en un abrazo tan pegado que fundiéramos nuestras piernas, en un cuerpo a cuerpo si retoro. E un volcán de caricias, un trópico de sexo urgido y demente. Y yo veía mi lengua recorriendo los repliegues de su cuerpo, dejando rastros de picante espuma por cada poro de su piel. ¿Y cómo sería el despeñarse desde la cima del goce, un goce que mi fantasía había visitado mil veces? ¿Cómo sería su último gemido, rugido, espasmo? Hasta ahí llegaba mi imaginación. Pero sería el placer de tener a ese hombre metido en el estuche de mi guitarra. Tenía razón Caetano: “Ela ela Ela separa as pernas e vem outra”, Ella ella Ella separa las piernas y viene otra. Y luego dormir, dormir en sus brazos que me rodearían sosegadamente, así como antes me habían estrujado hasta lastimarme.

O tal vez no, tal vez la oleada sexual de Chico fuera como los lengüetazos del mar sobre la orilla, un dejarse ir lánguido y moroso, hasta que los últimos ecos del placer se fueran apagando.

A.C.-D.C. Antes y después de Chico. La grieta del amor abriéndose a mis pies, y el miedo. Los miedos que cortejan al amor. Y eso que Chic era un especialista. En el tema del miedo amoroso, quiero decir. ¿Acaso sus canciones no eran todas variaciones sobre ese único tema? Podría llorar, toda la noche en su hombro. Sollozar, hipar, sonarme los mocos con los bolsillos de su blue jeans. Él lo entendería. Si no me quería, diría la palabra para suturar la llaga. Y luego sonreiría, con ese cariño que no es el deseo pero que consuela.

Mi capricho buarquiano seguía las leyes de Oscar Wilde: “La diferencia entre un capricho y una pasión eterna es que el capricho dura un poco más”.

Poco a poco empecé a hacer diferenciaciones más sutiles. Dentro de las canciones de amor había varias clases: los amores contrariados, los no correspondidos y una tercera forma, indefinible, algo como los restos del amor. Los personajes se encontraban en un semáforo en rojo y conversaban, civilizadamente, prometían llamarse (civilizadamente) y, sobre el final, dejaba entrever que ese llamado era capital.

Otras veces me ponía fálica. Entonces estaba segura de que solo una cosa podía hacerme feliz. El riesgo, claro, era que yo no quisiera que saliera. Nunca. Vagina dentada. Tal vez no sea cierta, pero es verdad que hay hombres de los que no quisiera partir. Jugar con él al hermafrodita. Y al mismo tiempo, sentirme como en esa canción de Lou Reed: “I got a hole in my heart the size of a truck It won’t be filled by one night fuck”, Tengo un agujero en el corazón del tamaño de un camión No se va a llenar con un polvo de una noche. Adoro ese romanticismo trasnochado. Y Chico me diría: “Baby, this will be more than a one night stand”, Nena, esto va a ser más que una aventura de una noche. El detalle de Chico hablando en inglés no me parecía excéntrico. Lo imaginaba cosmopolita. Durante su exilio había vivido en Francia y en Italia. Pero Chico hablando la lengua del imperialismo… Tal vez no la hablaba por razones políticas, o estéticas. Lástima, porque adoro el inglés. Y más aún a los brasileños, cantando jazz, rock o reggae. Pasado por la criba del portugués, el inglés suelta sus pepitas de oro. Nada del lugar común de decir que el inglés es más dulce en la voz brasileira. Aunque la verdad es que su musicalidad se potencia, crece se expande insoportablemente. Como Caetano cantando “The man I love”. Era una desencanto que el repertorio de Chico no incluyera ninguna canción en inglés. Ahí le descubría el prejuicio. Después lo perdonaba, pensando que para él el inglés era el idioma del gringo ensoberbecido frente a América Latina.

Mi vida era enteramente Chico. Ya casi estábamos juntos. Mentira. Como canta Adriana Calcanhotto: “Acordei Nao tem ninguém ao lado”, Desperté No tengo nadie al lado. Si el encuentro se consumaba, habría de ser aleatorio. Predestinado. Quizás los orixás me guiaran hacia él. Por las dudas, todas las mañanas le pedía a Xangó, Iemanjá y Oxum que lo empujaran hacia mis puertos. Confiaba más en los dioses afrobahianos que en el dios judío o cristiano o musulmán. Jehová no tenía ninguna simpatía por los enamorados. Siempre estaba ocupado en cosas supuestamente de vida o muerte. El monoteísmo olía a rancio, a podrido. En cambio el paganismo… La diosa Iemanjá me había hipnotizado cuando vi en Bahía a las negras de blanco, entrado en el mar con flores y frutas. Ese día juré hacerme bahiana. Y negra. El camino inverso al de Michael Jackson.

¿Buscaría siempre la palabra para Chico? ¿Tantearía en la oscuridad, a la caza del Verbo? ¿O diría con Lou: “Between thought and expression lies a lifetime”, Entre pensamiento y expresión yace una vida entera? El amor es peregrino. Boga a la deriva, vaga como una hoja errática sobre el mar. Gitano en su nomadismo, eterno en su tránsito, metamorfosis de puro deambular. Confieso que es eso lo que más me impresiona: su movilidad, su trayectoria cambiante, su mutante itinerario, su titilante cartografía. Escurridizo como la bruma, etéreo como vapores y volátil como el humo, huyendo de nuestras manos hambrientas, burlándose de nuestros simulacros de certezas, de nuestros órdenes tambaleantes, de nuestros rumbos precarios.

Cuando la bota de la dictadura pisoteó el pecho de Brasil, Chico se mantuvo casi impasible. Ni pensó en escapar. Todos le decían que su vida corría peligro. Sin duda lo sabía, ¿y qué? No era un inconsciente ni un temerario. Pero el miedo le hincaba su aguijón al pensar en su mujer y sus hijas. Eso lo decidió a exiliarse. El día que tomó el avión para Roma, hubo luto nacional. Los obreros, los taxistas, los lavacopas, las mucamas, los chicos de la calle lloraron lágrimas de cal viva. Su amigo, su defensor, su poeta, los abandonaba. ¿Para siempre? Deus dirá, musitaban, con esa frase fatalista y llena de fe que define al pueblo brasileño.

¿Y la izquierda? Chico había militado en el PC, pero el dogmatismo del partido lo había desilusionado. Él era un izquierdista visceral. No podía encerrarse en las teorías estalinistas, en las reuniones apolilladas, en los vejestorios que pronosticaban la revolución. En esas salas donde nunca entraba el sol. El comunismo de Chico era una flor callejera, con su perfume a mar. Estaba en sus ojos, que largaban llamaradas frente a la injustica. En su médula, en su mano acariciante de la mejilla de un menino da rua.

Las pasiones de Chico, las conocía de memoria. El fútbol lo extasiaba. Sus canciones eran elocuentes: “Parábola do homem comum Roçando o céu”, Parábola del hombre común Rozando el cielo. Era el único capaz de convertir el fútbol en una revelación. La epifanía de la pelota rodando entre los cuerpos sudados, la sorpresiva flecha del gol haciendo vibrar a la multitud orgiástica. El fútbol era otra de las fiestas de Chico, otro de sus combates agonísticos contra la muerte. Yo sabía que jugaba al fútbol. Ignoraba si era tan buen jugador como poeta. Pero no importaba. En las fotos donde posaba con la pelota, su sonrisa destellaba como nunca. La simpleza del futebol lo rescataba de sus ciénagas. Todavía existía otra lectura de ese fervor: Chico era un amante incondicional de lo popular, ¿y qué más popular que el fútbol? ¿Qué más universal y gregario? ¿Qué rito más pagano y sacramental? El pulso de Brasil y el corazón de Chico laten al compás del fútbol, en un ensordecedor unísono. Lo más gracioso de todo es que a mí no me gusta, nunca me ha gustado el fútbol. Pero desde que me enteré de que a Chico le fascinaba, no tuve dudas de que los vulgares comentarios de los periodistas deportivos sobre su magia y su misterio orbitaban en torno a una zona poética, tal vez hasta metafísica, que el fútbol buscaba traducir. Y así me transformé, para mi propio horror, en una experta en fútbol.

Chico tenía tantos rostros como Jano. Era militante que luchaba codo a codo con los sin tierra, y que les había puesto palabras a las fotos de Sebastião Salgado, unas imágenes de amarga belleza. Era el que denunciaba la discriminación hacia los negros, el poeta más intimista y el más grande agitador social, el marido cariñoso de Marieta y el menos monogámico de los hombres, el hijo de una familia burguesa carioca y el defensor de los proletarios, el que no podía pasar del alcohol, el que temblaba al salir a escena y parecía tan duro como si se hubiera dado un saque, el que se inspiraba para componer en Kurt Weil y Bertolt Brecht, el tipo más tímido de la tierra y el escritor de novelas que, elegantemente, se cagaba en el canon.

Todos estos rodeos son para decir que, si me enamoré de Chico, fue por los Chicos que habitaban en él. Ojo, que yo tampoco soy monogámica. No puedo amar a un hombre con una sola personalidad (necesito la adrenalina de no saber con quién estoy hoy), y siempre acabo traicionándolo con otro de sus yos. ¿Hay algo más fascinante que la esquizofrenia afectiva?

¿Dejaré alguna vez de pensar en Chico Buarque?

 

 

Gabriela Lotersztain (Buenos Aires, 1970) se licenció en Ciencias de la Comunicación en la Universidad de Buenos Aires y como periodista colaboró con Clarín, Página 12 y otras publicaciones en diversos países. Publicó un libro de poesía Madagascar (2006). El ensayo periodístico Los judíos bajo el terror. Argentina 1976-1983 (2008) fue editado póstumamente. Gabriela falleció de leucemia en noviembre de 2006 dejando este cuento, otras noches y más material sin publicar.

 

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